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LA NAVIDAD QUE NOS DISTINGUE. Por Pedro Hernández Guanir

 
Llego de Tenerife a Bilbao con ese frío que obliga al cuerpo a recogerse y al alma a encenderse. Me espera Fernando Olabarrieta, psicólogo y experto en epigenética, jubilado, pero con la mirada viva de quien sigue investigando el mundo.
 
 
EN EL CASERÍO DE LEZAMA
 
Nos dirigimos a su espléndido baserri en Lezama. Allí, Inma, la etxekoandre, sostiene la casa como se sostiene una tradición: con animales que dan vida —perros, ovejas, gallinas— y una huerta que respira. Todo en este lugar obedece a un orden antiguo.
 
La comida es sabrosa, pero la tertulia lo es más. Con Enrique, catedrático de psicología, y su mujer, Rosa, terminamos hablando de la luz. Usamos la metáfora física de Dios, la luz como onda, que se mueve en un campo invisible, necesitada de un impulso inicial —el motor primero de Aristóteles, el Big Bang—, y como partícula, el fotón en que la luz se hace materia, como la encarnación de Jesús.
 
Sin pretenderlo, la física nos lleva al corazón simbólico de la Navidad.
 
Pronto la charla deriva hacia las mesas de Nochebuena. En el País Vasco, hasta los años setenta, la cena era humilde: croquetas, coliflor, caracoles o besugo. En Canarias ocurría algo similar; el pollo, antaño aristocrático, se popularizó entonces en las casas y guachinches.
 
La gran comida era la de Navidad —explico—. En mi familia era sencilla pero especial: carne con papas o garbanzas con pasas y aceitunas, buscando ese contraste dulce-salado.
 
En contraste, la comida en casa de Edurne, en el País Vasco, era exuberante: croquetas, sopa de sémola, mariscos, merluza rebozada, solomillo y turrones de Tolosa, todo armonizado por acordeones y cantos familiares.
 
DE IRLANDA A LAS ISLAS: El MISTERIO DEL HOJALDRE
 
Les cuento cómo era la Nochebuena en mi casa. Tras la Misa del Gallo, nos reuníamos para tomar chocolate con los famosos pasteles de hojaldre, rellenos de guayaba o cabello de ángel. Enrique pregunta por su origen.
 
—Se debe a la influencia británica e irlandesa en Canarias durante los siglos XVIII y XIX —le explico—. Originalmente eran pasteles de carne (meat pies), pero la tradición canaria los adaptó con rellenos dulces locales. Lo mismo ocurrió con la "trucha": no es pescado, sino una empanadilla de batata que fusiona la técnica del hojaldre europeo con el sabor de nuestra tierra. Es un proceso laborioso que requiere dos días de plegados y reposo para lograr esa textura única.
 
EPIGENÉTICA CULTURAL
 
Fernando sonríe cuando menciono nuestra “epigenética cultural”. En Canarias, la Navidad no es refugio, sino apertura; el sol nos educó hacia afuera. No tenemos un Olentzero (un carbonero mitológico que hace de Papá Noel), pero custodiamos recuerdos únicos que compartí hace poco con tres niños canarios, Daira, Nira y Ginaste:
• El Rancho de Ánimas. Especialmente en Fuerteventura y Gran Canaria, voces que parecen venir de otro tiempo para recordarnos que los que se fueron siguen presentes.
• Lo Divino. Se refiere a la composición de Fermín Cedrés y a que los grupos recorren, a medianoche, los barrios y casas cantando villancicos, siendo agasajados con dulces y licores.
• La Misa de Luz. Ese madrugar festivo donde el incienso se mezcla con el aire frío, celebrando el Solsticio de invierno como encuentro con la luz.
• El Baile del Niño. Un recuerdo vívido de mi infancia en San Juan de la Rambla. En la iglesia, magos y guanches buscan al Niño perdido; cuando alguien lo halla, avisa con un silbo gomero y comienza el tajaraste entre tambores, chácaras y flautas. Una mezcla de devoción y raíz guanche que solo Canarias sostiene sin contradicción. También famoso en La Matanza de Acentejo, el Sauzal y Taganana.
 
EL LATIDO COMÚN
 
La conversación deriva hacia la percusión. Fernando habla de la Txalaparta, nacida del golpeo de la madera en la vendimia. Yo añado el tambor gomero, el herreño y las chácaras. Inma recuerda a su abuela, virtuosa de la trikitixa, aunque en su tiempo algunos párrocos decían que ese instrumento "metía el demonio en el cuerpo de las mujeres". Curioso: solo en las mujeres.
 
Entre risas, comprendo que esta Navidad compartida revela algo esencial: cada pueblo celebra según la luz que lo formó. Aquí, la luz se busca; en Canarias, la luz nos encuentra.
 
La Navidad que nos distingue no es un adorno; es una memoria viva que viaja de isla a isla, de casa a casa. Una luz que, como partícula, se encarna en cada gesto de comunidad.
 
Mientras en el baserri cae la noche, siento que esa luz sigue intacta. Incluso tras la pequeña "odisea" de perder las llaves al llegar a mi destino en Gipuzkoa y esperar que se arregle la calefacción.
 
Ahora, solo queda esperar el Egun Berrion (el buen día nuevo), mientras en mi interior suena "Una sobre el mismo mar", de Benito Cabrera, celebrando esa identidad que nos une.

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