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"La ciudad de las luces muertas" de David Uclés o la literatura que resiste al ruido

La obra, Premio Nadal 2026 recién llegada a las librerías, recuerda que la imaginación sigue siendo un acto de resistencia

 

  • Redacción NoticiasFuerteventura
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    Hay novelas que llegan a las librerías como simples novedades y otras que irrumpen como una sacudida. La ciudad de las luces muertas, ganadora del Premio Nadal 2026, pertenece claramente a la segunda categoría. No solo por su ambición literaria o por la potencia de su propuesta narrativa, sino porque ha puesto en evidencia una vieja costumbre del panorama cultural español: la dificultad para convivir con el éxito cuando este no viene acompañado de silencio, discreción o docilidad.

     

    David Uclés ha escrito una novela que se atreve a imaginar una ciudad suspendida en la oscuridad para iluminar aquello que suele quedar fuera del foco. Un apagón deja Barcelona a ciegas y, en ese vacío, la historia se desordena, el tiempo se pliega y la memoria colectiva emerge sin pedir permiso. La ciudad deja de ser postal para convertirse en organismo vivo, atravesado por sus fantasmas, sus heridas y su herencia cultural. No es un ejercicio de nostalgia ni un catálogo de referencias: es una exploración literaria de cómo el pasado insiste en dialogar con el presente, incluso (o sobre todo) cuando preferimos no escucharlo.

     

    Uclés no escribe desde la comodidad ni desde la fórmula. Su literatura apuesta por la mezcla, por el riesgo, por una imaginación que no huye de la realidad sino que la encara desde otros ángulos. Convertir la historia en relato no es, en su caso, un gesto ornamental, sino una forma de conocimiento. Hay una voluntad clara de pensar el mundo a través de la ficción, de usar la narrativa como herramienta crítica y no como refugio decorativo.

     

    Sin embargo, buena parte de la conversación pública en torno al libro ha ido por otro camino. El reconocimiento masivo que siguió a su anterior novela marcó un punto de inflexión: desde entonces, una parte del discurso crítico parece más interesada en cuestionar al autor que en leer su obra. El éxito se convierte en sospecha; la visibilidad, en pecado; la coherencia estilística, en repetición interesada. Se habla de Uclés como fenómeno antes que como escritor, como personaje antes que como creador.

     

    A ello se suma un factor que incomoda todavía más a ciertos sectores: Uclés no se esconde. Habla, opina, se posiciona. No disimula su compromiso con la memoria histórica ni su identidad personal. Y eso, para algunos, resulta imperdonable. Se le exige una neutralidad que rara vez se reclama a otros, como si la literatura tuviera que desprenderse de toda biografía para ser tomada en serio. El resultado es una crítica que, en demasiadas ocasiones, parece escrita antes de abrir el libro.

     

    La reciente polémica ajena a lo literario ha terminado de enturbiar el clima. Decisiones personales del autor han sido interpretadas en clave de escándalo, estrategia o cálculo moral, desplazando por completo el debate sobre la novela. Así, La ciudad de las luces muertas corre el riesgo de quedar atrapada en una narrativa externa que poco tiene que ver con sus páginas y mucho con la incomodidad que genera un escritor joven, exitoso y sin miedo a ocupar espacio.

     

    Pero conviene insistir: lo verdaderamente relevante sigue estando en el texto. En una novela que invita a leer despacio, a aceptar la oscuridad como condición para que algo nuevo aparezca. En una obra que demuestra que la literatura no tiene por qué ser complaciente ni silenciosa para ser valiosa. Y en un autor que, lejos de agotarse, consolida una voz reconocible y personal en un panorama cada vez más uniforme.

     

    Quizá el problema no sea que David Uclés escriba con ambición o que su obra convoque atención, sino la impaciencia con la que se juzga aquello que no encaja en moldes cómodos. Frente al ruido, la consigna debería ser simple: menos veredicto y más lectura. Porque solo desde ahí es posible entender que, incluso en medio del apagón, aparecen novelas que siguen encendiendo algo esencial, que recuerdan que la imaginación sigue siendo un acto de resistencia.

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