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ASAMBLEA MAJORERA: 50 AÑOS DE UNA HISTORIA QUE NOS UNE. Por Jesús de León Lima

 

Hay fechas que se celebran y hay fechas que se sienten. Y para quienes despertamos a la política en el seno de Asamblea Majorera, estos cincuenta años pertenecen, sin duda, a las segundas.

Porque hablar de Asamblea Majorera no es hablar solamente de una organización política. Es hablar de una época, de una manera de entender Fuerteventura y, para muchos de nosotros, de una parte importante de nuestra propia vida.

Asamblea Majorera fue el lugar donde comencé a comprender la política como una herramienta para transformar la realidad de Fuerteventura, donde arraigó mi compromiso con esta tierra y donde aprendí a comprometerme con su futuro. Y allí aprendí algo que nunca he olvidado: que querer a tu tierra no consiste solamente en sentir orgullo por ella, sino en comprometerte con su gente, defender sus derechos y trabajar para que tenga el futuro que merece.

Hace cincuenta años, Fuerteventura era una isla con muchas carencias, con demasiadas necesidades sin atender y con la sensación de que otros decidían por ella. Pero había algo que no le faltaba: la dignidad de su gente, las ganas de cambiar las cosas y la convicción de que no podíamos resignarnos a ocupar un lugar secundario.

Y entonces surgió Asamblea Majorera.

Surgió de abajo, de nuestra gente, de nuestros pueblos, de hombres y mujeres que, con más ilusión que medios, con más voluntad que recursos y con una enorme generosidad, decidieron que Fuerteventura tenía que levantar la voz y tomar las riendas de su destino.

Aquello fue mucho más que el nacimiento de una organización política. Fue el despertar de una isla. Fue descubrir que, cuando un pueblo cree en sí mismo, cuando se une alrededor de una causa común, es capaz de transformar su realidad.

Quienes vivimos aquellos años sabemos que no todo fue fácil. Hubo dificultades, renuncias, discusiones y momentos de incertidumbre. Pero también hubo compañerismo, amistad, esperanza y una ilusión difícil de explicar a quien no la ha vivido. Sentíamos que estábamos participando en algo que iba mucho más allá de nosotros mismos. Que estábamos contribuyendo a escribir una página nueva en la historia de Fuerteventura.

Y eso deja huella. Una huella que el tiempo no borra.

Por eso, hoy, al mirar atrás, no quiero recordar solamente lo que conseguimos. Quiero recordar, sobre todo, a las personas. A quienes estuvieron desde el principio, a quienes se fueron incorporando por el camino, a quienes dedicaron horas, esfuerzos y sacrificios, sin esperar nada a cambio. Y también a quienes ya no están con nosotros, pero cuyo compromiso sigue presente en nuestra memoria.

A todos ellos les debemos mucho. Y la mejor manera de agradecerles lo que hicieron no es vivir permanentemente del recuerdo, sino mantener vivo aquello que los movió a actuar.

Porque recordar aquellos años también nos obliga a mirar al presente. Fuerteventura ha cambiado mucho en estos cincuenta años, pero sigue necesitando aquel espíritu que hizo nacer a Asamblea Majorera.

Entonces reclamábamos que nuestra isla dejara de ser la gran olvidada, que tuviera servicios, infraestructuras y oportunidades. Hoy, con una isla mucho más poblada y con nuevos desafíos, tenemos que seguir preguntándonos si el crecimiento se está traduciendo en bienestar para nuestra gente.

Porque no basta con que Fuerteventura crezca. Tiene que crecer para sus habitantes, para quienes han nacido aquí y para quienes han elegido esta isla para construir su vida.

Hoy nos preocupan el acceso a la vivienda, las dificultades de nuestros jóvenes para emanciparse, la presión sobre el territorio y los recursos naturales, la necesidad de mejorar la sanidad y la educación, la movilidad entre nuestros pueblos y la garantía de que el desarrollo económico llegue también a las familias que más lo necesitan.

Nos preocupa que nuestros jóvenes tengan que marcharse porque no encuentran aquí las oportunidades que merecen. Que vivir en Fuerteventura se convierta en una dificultad para quienes deberían poder construir aquí su proyecto de vida. Y que el crecimiento de nuestra isla no vaya acompañado de la cohesión social y territorial que necesitamos.

Son problemas distintos de los de hace cincuenta años, pero nos plantean una pregunta muy parecida a la que se hicieron quienes fundaron Asamblea Majorera: ¿vamos a dejar que otros decidan nuestro futuro o vamos a asumir, una vez más, la responsabilidad de construirlo nosotros mismos?

Y esa pregunta me lleva especialmente a los jóvenes.

A quienes hoy miran la política con desconfianza, les diría que entiendo sus razones, pero que no renuncien a participar. Que no permitan que la decepción se convierta en indiferencia. Porque la política, cuando nace de la honestidad y del compromiso con la gente, es una herramienta extraordinaria para mejorar la vida de las personas.

No se trata de repetir las ideas del pasado ni de vivir de los recuerdos, sino de construir convicciones propias, cuestionar aquello que no funciona y comprometerse con su transformación. Se trata de defender Fuerteventura con la misma determinación que quienes nos precedieron, pero aportando nuevas ideas y respuestas a los desafíos del presente y a las aspiraciones del futuro.

Porque el mejor homenaje a quienes levantaron Asamblea Majorera no es repetir lo que hicieron, sino tener el valor de hacer hoy lo que las circunstancias nos exigen.

Quienes despertamos políticamente en aquella Asamblea aprendimos que Fuerteventura no estaba condenada a resignarse. Aprendimos que la unión, el compromiso y la confianza en nuestra gente podían cambiar las cosas.

Ese es el legado que debemos preservar: no una manera inmutable de hacer política, sino una manera de sentir y defender Fuerteventura.

Hoy necesitamos una isla que avance sin perder su identidad, que genere riqueza sin dejar atrás a su gente, que proteja su territorio y que ofrezca a las nuevas generaciones razones para quedarse, para volver y para construir aquí sus sueños. Una Fuerteventura que siga defendiendo sus singularidades, pero que también sepa mirar al futuro con ambición, solidaridad y confianza en sus propias posibilidades.

Hoy celebramos cincuenta años de historia, pero también tenemos que renovar un compromiso con el futuro. Porque una organización que cumple cincuenta años solo tiene futuro si es capaz de renovar sus ideas, escuchar a quienes vienen detrás y ofrecerles razones para creer.

Después de tantos años, sigo sintiendo orgullo de ser de Asamblea Majorera. Orgullo de haber compartido una parte de mi vida con personas que creían que esta isla merecía un destino mejor. Y agradecido por haber aprendido que el compromiso con la tierra y con su gente es algo que no termina cuando pasan los años ni cuando cambian las circunstancias.

Por eso, hoy, más que mirar atrás con nostalgia, quiero mirar hacia delante con esperanza.

Que nunca perdamos la capacidad de emocionarnos con nuestra tierra. Que nunca olvidemos de dónde venimos. Que nunca confundamos lo conseguido con todo lo que queda por hacer.

Y que, dentro de otros cincuenta años, quienes celebren este aniversario puedan decir que nosotros no nos limitamos a recordar una historia admirable, sino que supimos continuarla.

Porque aquella gente creyó que Fuerteventura merecía un futuro mejor.

Ahora nos toca demostrar que seguimos creyendo en ello.

¡Feliz cincuenta aniversario de Asamblea Majorera!

Y gracias, de corazón, a todas las personas que hicieron posible que aquella ilusión se convirtiera en historia.

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