¿EN QUÉ MOMENTO DEJAMOS DE SER HUMANOS?. Por Maite de Vera Cabrera

Hay noticias que parten el corazón.
La muerte de un niño de apenas veinte meses debería ser una de ellas. Debería unirnos en el silencio, en el respeto y en el abrazo hacia una familia rota para siempre.
Sin embargo, vivimos en una sociedad en la que el dolor dura menos que un titular. Antes incluso de que el sufrimiento pudiera empezar a asimilarse, ya había quienes buscaban culpables, quienes señalaban con el dedo, quienes escarbaban en la historia familiar, quienes mezclaban una tragedia con la política y quienes utilizaban el mayor dolor imaginable para conseguir un clic más, un comentario más o un puñado de "me gusta".
Y entonces me pregunto...
¿En qué momento perdimos los valores? ¿En qué momento dejamos de enseñar que, cuando alguien sufre, primero se acompaña? ¿En qué momento olvidamos que detrás de cada noticia hay personas de carne y hueso y no personajes de una pantalla?
La justicia tiene la obligación de investigar y esclarecer los hechos. Esa es su función. La nuestra debería ser otra muy distinta: conservar la humanidad.
La neuropsicología lleva décadas estudiando un fenómeno conocido como el "síndrome del bebé olvidado". Los especialistas explican que, bajo determinadas circunstancias —estrés, agotamiento, cambios de rutina o una elevada carga mental— el cerebro puede sufrir un fallo devastador de la memoria prospectiva. No es una excusa. No elimina responsabilidades si las hubiera. Pero sí demuestra que el cerebro humano puede fallar de maneras que cuesta imaginar, incluso en personas responsables y profundamente comprometidas con sus hijos.
Comprender este fenómeno no significa justificarlo. Significa aprender para prevenir. Porque nadie está completamente a salvo de las limitaciones del cerebro humano.
Y precisamente por eso, cuando sucede una tragedia como esta, deberíamos ser más prudentes con nuestras palabras.
Estamos perdiendo algo mucho más importante que la capacidad de debatir.
Estamos perdiendo la compasión.
Nos hemos acostumbrado a hablar sin medir el daño que provocan nuestras palabras. Nos hemos acostumbrado a creer que una pantalla nos da derecho a juzgar la vida de los demás.
Lo verdaderamente preocupante es que, mientras la ciencia intenta comprender para evitar nuevas tragedias, nosotros parecemos empeñados en condenar antes de conocer, en opinar antes de entender y en destruir antes de acompañar.
Estamos perdiendo algo mucho más importante que la capacidad de debatir. Estamos perdiendo la compasión.
Nos hemos acostumbrado a hablar sin medir el daño que provocan nuestras palabras. Nos hemos acostumbrado a creer que una pantalla nos da derecho a juzgar la vida de los demás. Nos hemos acostumbrado a olvidar que el respeto también es un valor.
Y cuando una sociedad pierde el respeto, pierde también parte de su humanidad. Pero también merece una profunda reflexión el papel de quienes tienen el privilegio —y la enorme responsabilidad— de informar.
El periodismo no consiste únicamente en contar lo que ha ocurrido. Consiste en hacerlo con rigor, con ética y con humanidad.
No todo vale por conseguir un titular. No todo vale por conseguir un clic. No todo vale por ser el primero.
El buen periodismo no alimenta el morbo. No busca hacer más grande el dolor de quienes ya están destrozados. No convierte una tragedia en un espectáculo ni utiliza el sufrimiento para despertar más curiosidad.
Informar es uno de los mayores servicios que pueden prestarse a una sociedad. Por eso, precisamente, exige una enorme responsabilidad. Porque detrás de cada noticia hay una madre, un padre, unos abuelos, unos hermanos, unos amigos y un pueblo entero que también sufre. Y nosotros, como ciudadanos, tampoco podemos olvidar nuestra parte de responsabilidad. Vivimos en la era de la opinión inmediata.
Leemos un titular. Sacamos una conclusión.Escribimos un comentario. Y seguimos con nuestra vida. Pero detrás de cada palabra que publicamos hay alguien que puede leerla. Alguien que ya está viviendo el peor momento de su existencia.
Antes de escribir...
Lee. Infórmate. Reflexiona. Pregúntate si realmente conoces los hechos. Y, si no los conoces, quizá el mayor acto de inteligencia sea guardar silencio. Porque opinar sin conocer no es valentía. ES IRRESPONSABILIDAD.
