Lluvia en los adoquines

Llueve en Puerto del Rosario y a mis hijos les da por saltar sobre todos los charcos de camino al colegio. Aquí el agua llega tan de tarde en tarde que mojarse hasta los tobillos les parece una cosa divertidísima.
Supongo que ya se habrán enterado por los medios, pero si hablamos de tormentas estamos a las puertas de unas elecciones y el 29 de noviembre toca votar, nos toca volver a jugarnos a cara o cruz un modelo de país.
Pasan otras cosas, no crean. Desde finales de septiembre de 2026, liceos y universidades francesas se han convertido en el escenario de un movimiento masivo. Bloqueos y marchas de cientos de miles de personas con demandas concretas. Más profesores, edificios que no se caigan a trozos, horarios humanos, y el fin de un sistema de acceso a la universidad que muchos consideran opaco y discriminatorio.
El Gobierno ha reconocido algunas reivindicaciones como legítimas prometiendo, entre otras cosas, contratar miles de docentes. Pero la respuesta sigue siendo insuficiente, lenta y, en demasiados casos, acompañada de una fuerte presencia policial. La sensación que predomina entre los jóvenes es la de siempre: se les oye solo cuando hacen demasiado ruido.
No es la primera vez que Francia ve a su juventud tomar la palabra de esta manera. Mayo del 68 sigue siendo el gran referente. Aquello no fue solo una revuelta estudiantil: fue una grieta en la realidad que obligó a renegociar el poder y la autoridad, la vida por encima de todo, "seamos realistas, pidamos lo imposible".
De aquellas barricadas salieron reformas universitarias, avances en derechos laborales, una nueva sensibilidad cultural y una generación que dejó de aceptar el “porque sí” de los de arriba. Mayo del 68 no cambió todo de la noche a la mañana, pero demostró que cuando los jóvenes se organizan y se niegan a ser solo números en una estadística, el poder se ve obligado a moverse.
¿Recuerdan la Comuna de París de 1871?. Aquel experimento breve y trágico de autogobierno popular, nacido de la derrota y de la indignación, puso sobre la mesa ideas que aún resuenan como la democracia directa o el control ciudadano de las instituciones.
Una Comuna donde las necesidades reales de la gente prevalecían sobre los intereses de los de siempre. Fue aplastada con una violencia brutal, siempre la violencia, pero su memoria sigue siendo un recordatorio de que la juventud y el pueblo pueden imaginar otra forma de organizar la vida en común.
El 15M de 2011 ocupó las plazas para gritar eso de "no nos representan". Aquella indignación colectiva no se tradujo en un cambio de régimen, pero sí abrió un ciclo político, cambió el lenguaje público y obligó a los partidos a hablar de precariedad, democracia y desigualdad de otra manera. Ahora, en la Puerta del Sol, los jóvenes vuelven a acampar, esta vez por la vivienda.
En esas tiendas duermen jóvenes, familias, gente que ya vivía en la calle y ha encontrado ahí un sitio donde refugiarse, donde hacer comunidad, pueblo. Y en medio de todo esto, los docentes madrileños llegaron con sus camisetas verdes, en plena huelga indefinida, y se sumaron a ese acto de resistencia en pleno corazón de Madrid.
Hay un hilo común que une la Comuna, el 68, el 15M y las movilizaciones actuales en Francia y en Sol: la insistencia de los jóvenes en que el futuro no se decide sin ellos. Muchas veces olvidamos que los jóvenes no son solo el futuro, son el presente que sufre aulas masificadas, empleo precario, alquileres imposibles y la incertidumbre de un planeta que se calienta sin que nadie ponga soluciones a corto plazo encima de la mesa.
Igual tenemos que reconocer que cuando una generación se levanta de forma masiva y sostenida, algo profundo está fallando.
Desde Fuerteventura, con la lluvia cayendo sobre una tierra que siempre ha sabido lo que es la escasez y la resistencia, quizás estas cosas se ven con más claridad. Que ya lo decía Bob Dylan. It's a hard rain's a-gonna fall...
