Marruecos y sus cartas marcadas

Artículo de opinión de Antonio Morales, presidente del Cabildo de Gran Canaria
La semana pasada advertía en este medio del peligro que supone para Canarias el envalentonamiento de Marruecos alimentado por los Acuerdos de Abraham entre Estados Unidos, Israel y el reino alauita. Decía entonces que ese pacto esconde un cambio en el tablero geoestratégico de consecuencias relevantes. Hoy quiero profundizar en ello, porque estamos ante un hecho que compromete la seguridad de Canarias, de España y de Europa entera.
Los Acuerdos de Abraham no fueron nunca un simple documento de buena vecindad. Fueron la pieza con la que Washington compró el reconocimiento marroquí de Israel a cambio de reconocer la soberanía de Rabat sobre el Sáhara Occidental, territorio pendiente aún de descolonización según la legalidad internacional. Ese canje, sellado bajo la primera Administración Trump y mantenido después, ha dado a Marruecos un respaldo político y militar que antes no tenía, en la región donde Canarias es frontera sur de Europa. No hablamos de un problema lejano, sino de nuestra vecindad inmediata.
El avance de la ultraderecha en Europa y en Estados Unidos no es un fenómeno paralelo a esta alianza: es su combustible. Trump ha convertido su relación con Israel y, por extensión, con Marruecos, en un instrumento de presión sobre la propia Unión Europea, a la que acusa de rival comercial e ideológico. Esa complicidad entre Washington y Tel Aviv, con Rabat como socio, dibuja un nuevo mapa de alianzas que debilita la posición negociadora de Europa justo cuando su frontera sur, que es la nuestra, se ha convertido en elemento de ajuste de la política exterior marroquí.
Porque de eso se trata. Marruecos ha aprendido que puede usar la presión migratoria como arma de negociación. Lo hemos visto en Ceuta, en Melilla y en Canarias en distintas ocasiones. Cuando le conviene, flexibiliza el control de su frontera para que la atraviesen miles de personas, con la connivencia explícita de sus autoridades. No es nunca un fallo de control fronterizo: es una demostración de fuerza, un mensaje a Madrid y a Bruselas: "tenemos la llave de tu frontera y la usaremos cuando nos convenga". Ese mensaje se ha repetido en los últimos días, con nuevas entradas que no responden a la casualidad sino a una presión calculada.
Marruecos no es un socio de fiar. Es un país con el que Europa mantiene relaciones necesarias, incluso imprescindibles en seguridad y comercio, pero que juega sistemáticamente con cartas marcadas: utiliza la cooperación cuando le beneficia y la desactiva cuando quiere obtener concesiones. Ha convertido la gestión de los flujos migratorios en herramienta de política exterior, y eso, con un reforzamiento militar y diplomático sin precedentes gracias a su alianza con Israel y Estados Unidos, es realmente peligroso.
Hay una dimensión más que no podemos pasar por alto: esta alianza no solo debilita la posición exterior de Europa, sino que sirve de combustible para torpedear desde dentro a las propias democracias liberales europeas. La conexión ideológica entre el trumpismo, el gobierno de Netanyahu y determinados sectores que ven en Marruecos un socio afín, no es casual: forma parte de una misma corriente que financia, legitima y amplifica a las fuerzas de ultraderecha en el continente. Hablamos de formaciones que gobiernan, como en Italia con Meloni, que rozan el poder en Francia con Le Pen, que crecen sin freno en Alemania con Alternativa para Alemania, y que amenazan con romper el consenso democrático en Países Bajos, Austria o el Este. Cada avance de esta alianza envía una señal de legitimación a estas fuerzas: su modelo autoritario y hostil a la construcción europea tiene el respaldo tácito de la primera potencia mundial y de sus aliados regionales. Europa no solo enfrenta presión externa en su frontera sur; enfrenta también una erosión interna de sus valores democráticos alimentada, en buena medida, desde el mismo eje que sostiene a Marruecos. No se puede combatir el envalentonamiento marroquí sin combatir también la ofensiva ideológica que lo ampara.
Para Europa, el problema es más profundo, porque no se trata solo de Marruecos, sino, como ya señalé, del cambio de paradigma. La alianza entre una Administración estadounidense que ve a la Unión Europea como rival, un Gobierno israelí que necesita apoyos regionales, y un Marruecos que capitaliza ambas cosas para reforzar su peso en el norte de África, configura un escenario en el que el Viejo Continente pierde margen de maniobra en su propio flanco sur. Y esto ocurre justo cuando la Unión vive el ascenso de fuerzas de ultraderecha que fragmentan aún más su capacidad de hablar con una sola voz.
¿Por qué es esto peligroso específicamente para Canarias? Porque somos, junto con Ceuta y Melilla, el punto donde este pulso geoestratégico se traduce en hechos concretos: en cayucos, en llegadas masivas, en presión sobre nuestros recursos sociales y en un desgaste institucional que golpea a ayuntamientos, cabildos y a la Comunidad Autónoma, que somos quienes damos la primera respuesta humanitaria mientras el Estado y Europa deciden si esto es un problema español o europeo. Llevamos años reclamando que la gestión migratoria en Canarias es cuestión de Estado y de la Unión Europea. Lo que está pasando confirma, con gravedad añadida, que también es una cuestión de seguridad continental.
España no puede permitirse una política exterior ingenua con Marruecos. El giro del Gobierno español al reconocer la posición marroquí sobre el Sáhara Occidental, buscando estabilizar la relación bilateral, no ha traído la estabilidad prometida. Al contrario: ha alimentado la percepción de que España cede cuando se le presiona. Y un socio que percibe que cediendo obtiene resultados, seguirá presionando.
España debe reforzar su capacidad diplomática autónoma, sin depender exclusivamente del margen que le deje Washington, con instrumentos claros, previsibles y verificables frente a Marruecos, no solo gestos de buena voluntad. Canarias necesita que se refuerce, de manera estructural, la financiación de la acogida humanitaria, la vigilancia marítima y aérea y la cooperación con los países de origen -generando vías legales y seguras para la migración- porque no podemos seguir gestionando una cuestión de seguridad europea con recursos insulares.
Canarias conoce desde hace años las consecuencias de la utilización de las rutas migratorias por las redes criminales, pero también sabe que los flujos están condicionados por la situación política y económica de los países de origen y tránsito. Por eso Europa debe evitar el error de considerar que la política migratoria puede descansar indefinidamente sobre la externalización del control fronterizo a terceros países. Cuando Europa delega su seguridad migratoria en un Estado vecino, ese Estado adquiere una capacidad de influencia extraordinaria. La cooperación puede ser necesaria, pero la dependencia tiene un precio político.
Hay quienes prefieren mirar hacia otro lado, quienes creen que hablar con claridad de la fiabilidad de Marruecos complica innecesariamente una relación ya delicada. Yo discrepo profundamente. El silencio y la prudencia excesiva no han evitado ni una sola crisis migratoria; al contrario, han enviado la señal de que España y Europa están dispuestas a tragar con cualquier presión con tal de no incomodar a Rabat. Tampoco han impedido las reivindicaciones marroquíes sobre Ceuta y Melilla, sobre nuestras aguas jurisdiccionales, el Monte Tropic o el control de la seguridad aérea del Sáhara Occidental, ni las construcciones ilegales en los territorios saharauis ocupados que compiten con las de nuestro archipiélago.
Decir las cosas claras no es un acto de hostilidad hacia Marruecos ni hacia su pueblo, con el que Canarias mantiene lazos históricos, comerciales y humanos que valoramos y queremos preservar. Es, simplemente, un ejercicio de responsabilidad institucional: no se puede construir una relación bilateral sólida sobre la ambigüedad calculada de una de las partes. Una relación de vecindad madura exige reciprocidad, previsibilidad y respeto a los compromisos adquiridos, y eso es precisamente lo que hoy está fallando. Repito: la cooperación es imprescindible; la dependencia, no.
Como presidente del Cabildo de Gran Canaria seguiré insistiendo ante el Gobierno de España y ante las instituciones europeas en que lo que ocurre aquí al lado no es un episodio aislado, sino la manifestación más visible de una recomposición de alianzas internacionales que tiene a Marruecos como beneficiario y a Canarias como frontera expuesta. No podemos permitirnos la ingenuidad de creer que esto se resuelve con gestos puntuales. Requiere una estrategia sostenida, europea, y con Canarias en el centro de la decisión, no en el margen de ella. Marruecos jugará las cartas que le dejemos jugar. Depende de nosotros, de España y de Europa, que esas cartas dejen de estar marcadas.
